El cuerpo, la palabra y la escena: la triada de mi camino como maestra de habla pública

Mi recorrido como maestra del habla pública se sostiene sobre tres raíces inseparables: el cuerpo, la palabra y la escena. Soy comunicadora, lingüista, actriz y directora de teatro, y en esa convergencia de saberes descubrí una manera distinta de enseñar a comunicar: un modo que no separa la voz del cuerpo ni la emoción del pensamiento.

Del teatro, aprendí la conciencia corporal, la presencia y el poder de la mirada. La voz nace del cuerpo, y el cuerpo tiene memoria. En el escenario, uno no habla: vibra, respira y transmite sentido.

De la lingüística, heredé la precisión del lenguaje, la conciencia del decir, la música del habla. Comprender la estructura y la intención de la palabra me permitió enseñar a otros a conectar la idea con la emoción.

De la comunicación, aprendí a leer al otro, a entender los contextos, los públicos y las intenciones. Comunicar es siempre un acto de relación, no de imposición.

De la dirección teatral, aprendí la escucha y la mirada integral. En cada proceso busco lo que hace auténtico a quien habla, no lo que puede imitar.

Y todo eso, junto, me llevó a convertirme en lo que también soy hoy: una maestra del habla pública que acompaña a artistas, docentes y profesionales de cualquier ámbito a unir técnica, presencia y emoción para decir con verdad.

Cuando el teatro se convirtió en lenguaje

Cuento a menudo una anécdota que marcó mi manera de enseñar. Cuando concursé para ser profesora universitaria en el área de Lenguaje y Comunicación, supe después de la prueba oral que el jurado había comentado que yo tenía una “ventaja” sobre los demás porque hacía teatro. No lo decían como elogio, sino casi como sospecha.

Con el tiempo entendí por qué me gusta recordarlo: porque esa supuesta ventaja —la teatralidad— no es privilegio, sino una herramienta que todos pueden desarrollar. El teatro me enseñó algo esencial para el habla pública: no se trata de “actuar”, sino de unir el cuerpo con la palabra. Esa experiencia me confirmó que mi misión no era solo enseñar comunicación, sino abrir el cuerpo al discurso y devolverle a la palabra su fuerza viva.

De la herencia familiar a la formación consciente

Otra anécdota que siempre vuelve es la de mis primeros años. Desde niña me decían: “ella nació con eso”. Y sí, crecí entre versos y aplausos. Mi madre era actriz y declamadora; en casa la palabra se respiraba. Pero esa historia no la cuento por nostalgia, sino porque muestra algo que siempre repito a mis estudiantes: no se nace con una voz preparada, se entrena.

La familia me marcó, pero no me definió. Elegí estudiar, explorar, trabajar con mi instrumento vocal y con mi conciencia comunicativa. El talento emociona; la técnica sostiene. Y la verdadera libertad de expresión surge cuando el conocimiento se vuelve cuerpo.

La voz que se apaga y el cuerpo que la rescata

Hubo un momento en que la voz me pasó factura. Un padecimiento vocal serio, fruto del exceso escénico, me obligó a detenerme. Cuento esto porque fue el punto de inflexión que cambió mi relación con el entrenamiento vocal. Ya no buscaba hablar más fuerte, sino entender de dónde venía la voz.

Esa búsqueda me llevó a Brasil, donde estudié expresión corpo-vocal con enfoques artísticos y terapéuticos con la maestra Madalena Bernardes. Con ella descubrí que la voz no se impone: se habita, se cuida, se libera. Y desde entonces enseño a mis estudiantes a trabajar la voz como energía que nace del cuerpo, no como un sonido aislado.

Del cuerpo a la palabra: cuando la lingüística se vuelve humana

Ese encuentro con la voz me condujo inevitablemente hacia la lingüística. Allí encontré el puente entre lo que se siente y lo que se dice. Tuve la fortuna de formarme con los Chela-Flores, con quienes escribí el libro Habla pública: de lo pragmático a lo fónico. Hoy sigo actualizando ese trabajo para entregarlo a esta nueva generación de hablantes que buscan comunicar con sentido y presencia, no solo con corrección.

Cuento esta parte porque resume lo que más me apasiona: hacer que la ciencia del lenguaje dialogue con el arte del decir. Que la teoría encuentre cuerpo, y que el cuerpo encuentre palabra.

La síntesis: enseñar habla pública desde la experiencia integral

Hoy, cuando entreno a artistas, docentes o profesionales, reconozco en cada persona un cruce distinto entre ciencia, arte y humanidad. Mi propósito no es enseñar a hablar bonito, sino revelar la potencia expresiva que habita en cada quien.

El entrenamiento en habla pública que propongo no es un método de oratoria ni una técnica escénica, sino un proceso integral que combina conciencia corporal, dominio vocal y pensamiento lingüístico.

Porque el habla pública no se trata solo de lo que se dice, sino de cómo se encarna lo que se dice. Y en ese viaje, el cuerpo, la palabra y la escena son la triada que me guía —y que sigo compartiendo— como maestra, directora y comunicadora.

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